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La turbonada Relatos Marineros

LA TURBONADA

Por Administrador
Nov 3rd, 2017
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CONCURSO RELATOS MARINEROS 2017

Por 
Ricardo Rincón Huarota

Esa noche, junto con varios de mis compañeros, me asignaron la tarea de hacer rondines en aquella zona de la playa. Con mi uniforme blanco semejaba un fantasma caminando sobre la arena negra. El aire salobre que golpeaba mi cara y los guijarros arrastrados por la marea que sentían mis pies desnudos, me sumergieron en una ola de recuerdos.

Una madrugada, con Luna llena y las estrellas en el horizonte, mi abuelo, su grupo de pescadores y yo empujábamos un cayuco para salir a pescar. El abuelo me enseñaba que con la mar en calma podíamos remontar las olas de la orilla y adentrarnos para colocar los palangres que ensartarían robalos o tiburones; más tarde, regresaríamos para subir la cosecha de pescados al cayuco e ir al pueblo para vender los más y reservar algo para la comida de la familia.

Mis mañanas eran diferentes a las de los demás niños del pueblo. Por la madrugada, tan pronto escuchaba los pasos de mi abuela sobre el ostión machacado que formaba el camino de su cuarto a la cocina, me levantaba y corría a lavarme la cara con el agua de lluvia almacenada en tanques que una vez tuvieron petróleo. Me presentaba en la cocina, construida con varas y ramas de palma de coco, escurriendo agua para pedir a la abuela un puntalito de café, igual al que le servía al abuelo. Ahí estaba ella avivando el fuego de una estufa que él construyó con barro y rellenó de arena para formar una cama donde, día y noche, siempre ardía el fuego de carbón de mangle.

––Mira nomás a este muchachito, ya se despertó ––le decía mi abuelo Espiridión a la abuela, guiñándole un ojo.

––Qué va, si todavía anda dormido ––le respondía ella haciendo como que no me veía.

Y yo ahí, mirándolos a los dos mientras me acomodaba en una silla que a mis cinco años me quedaba grande. Mi abuela dejaba la sartén en el fuego mientras cocinaba un pargo y, después de secarse las manos en el delantal, me ponía enfrente el puntalito de café y una galleta dura de sal que remojada en el café caliente todavía me sabe a gloria. Debo decir que a sus muchos años de edad, ella todavía sigue haciendo esas galletas que los cocineros de los barcos que atracaban en el entonces Puerto de Laguna Azul le compraban, porque son las que duran muchas semanas sin echarse a perder a pesar del clima húmedo.

–– ¿Y tú, para qué te levantas tan temprano? ––preguntaba el abuelo como si no supiera.

––Para ayudarte a desvarar el cayuco y llevar las redes para que no te canses ––era mi invariable contestación.

–– ¿Así que me vas a ayudar?

––Sí, abuelito ––contestaba muy convencido.

–– ¿Y ya te dio permiso abuelita?

Y esa era la señal para acercarme a la abuela, jalarle la falda para que se inclinara, le diera un beso y formulara la pregunta de rigor:

–– ¿Me das permiso de acompañarlo a pescar? ––Y ella siempre respondía:

––Zalamero, ya sabes que puedes ir, pero antes ponte tus huaraches para no lastimarte con las conchas de ostión.

No me lo decía dos veces, corría a ponerme las chanclas y a sacar mi curricán con el anzuelito amarrado a la punta. Llegábamos a la playa donde ya nos esperaban los demás pescadores y, en complicidad con mi abuelo, todos me dejaban ayudar a empujar el cayuco aunque era más el estorbo que hacía que lo que ayudaba. Pero sus exclamaciones de que si no fuera por mí ellos no hubieran podido solos con la canoa, me dejaban satisfecho de la labor para la que según yo había ido.

Después me acomodaba en la paneta del cayuco y desenredaba el cordel con un pequeño anzuelo, en el que algún acomedido ensartaba un cangrejito, y me ponía a pescar. Nunca pescaba nada porque casi enseguida me quedaba dormido. Cuando despertaba, el Sol ya estaba alto pero alguien me había acomodado bajo la paneta y me había cubierto con un pañuelo que me resguardaba de quemarme la cara. Salía de mi recoveco y me encontraba que sólo uno de los pescadores y yo estábamos en la embarcación. Los demás andaban nadando alrededor acomodando las redes; parecían bufeos apareciendo de debajo del agua y volviéndose a zambullir. Luego todos volvían a treparse y sacaban de sus morrales la pelota de pozol y el guaje lleno de agua lluvia; en una jícara batían la bebida. Yo hacía lo mismo, imitándolos, porque mi abuela me ponía mi ración de pozol y de agua y una jícara pequeñita. Y para que me portara bien, un dulce de oreja de mico que ofrecía convidar a todos, porque así me habían enseñado que se hacía, aunque ninguno aceptaba por lo que me lo zampaba todo, entre tragos y tragos de pozol.

Aunque no comprendía mucho de qué hablaban, sí lograba entender que preferían ya no ir de noche a pescar porque los traficantes de droga se habían adueñado de las playas y, por miedo, mejor no salían. Alguien contó que con frecuencia, cuando ya había oscurecido, se oían las hélices de aviones que pasaban muy cerca del techo de su casa, casi al mismo tiempo que el motor de una lancha muy potente se acercaba desde el mar. Se apagaba el motor y al cabo de un rato se volvía a encender para abandonar el punto en el mar donde se había detenido.

Después del almuerzo y con el vaivén del cayuco me entraron ganas de volverme a dormir, pero comenzó a correr una brisa fresca y la embarcación comenzó a moverse más. Un pez volador cayó cerca de mis pies y uno de los pescadores comentó que era presagio de tormenta.

¡Turbonada! Gritó uno de ellos y en cosa de minutos las olas se alzaron y el cayuco parecía caballo encabritado dando tumbos. Rápidamente todos metieron las jícaras y los guajes a sus morrales mientras el viento arreciaba. Del calor pasamos a un aire frío, el cielo se nubló y los relámpagos, que uno de los hombres había dicho que se veían lejos, ya estaban casi sobre nosotros; parecía que los truenos salían de lo más hondo del cielo. Un rayo cayó cerca y a lo largo de la quilla danzaron fuegos azules que se desvanecieron pronto. Con pesar, mi abuelo y los demás pescadores comenzaron a jalar las redes porque las corrientes se las llevarían lejos y difícilmente podrían recuperarlas; esas redes les habían costado muchas privaciones y horas de trabajo reparándolas de tan usadas que estaban.

Comenzaron a subir las redes al cayuco pero las olas, ahora muy altas, inundaban el fondo. Entre dos pescadores y yo sacábamos con las jícaras el agua salada que metían las olas y el agua lluvia que ahora se descargaba sobre el mar. El frio me hacía tiritar pero seguía ayudando a achicar el cayuco. No nos dimos cuenta a qué hora llegó la ola que nos volteó; comencé a tragar agua salada y alguien me agarró de la cintura de mi pantaloncito y me rescató de debajo del cayuco. Tosí y mi abuelo me gritó que me sujetara fuerte a la quilla de la embarcación volteada, pero las manos se me resbalaban y pronto empezaron a sangrar porque la broma pegada a la madera me las lastimaba.

Uno de los pescadores gritó que si me comenzaban a sangrar, el agua llevaría la sangre hasta los tiburones y pronto vendrían a comernos. Yo me asusté mucho. Entonces mi abuelo se quitó su cinturón y me ató a él por uno de las pretinas de mi pantalón. Me dijo que no tuviera miedo y que respirara fuerte porque el aire en los pulmones era mis salvavidas.

Poco a poco los nubarrones de tormenta fueron empujados por el viento y el Sol volvió a brillar. Alguien propuso nadar hasta la playa, pero mi abuelo les dijo que fueran ellos porque yo no iba a aguantar mucho, que él prefería nadar hasta un arrecife que había en medio del mar y ahí esperar a que nos rescataran. A mí me dio miedo moverme de junto al cayuco y comencé a llorar; sin embargo, mi abuelo me hizo ver que estábamos siendo arrastrados por una fuerte corriente que quién sabe hasta dónde nos llevaría y que el arrecife estaba más cerca, mientras nuestros compañeros nadaban hasta la playa y pedían ayuda.

Dejamos la aparente seguridad de la embarcación volteada y mi abuelo, buen nadador, me remolcó con él hasta el arrecife, una formación coralina que sobresalía de la superficie, donde pudimos poner pie. Para la tarde me dio sed y sentí nauseas por el agua de mar tragada, así que vomité y, aún con mi malestar, me reí viendo como los pececitos de colores me rodeaban para comerse los restos de pozol y dulce que había devuelto.

El viento nos trajo el ruido de un motor que se fue acercando y entonces vimos un avión; mi abuelo les hizo señas y pareció que no nos habían visto, pero gracias a Dios, como dijo mi abuelo, los marinos que patrullan nuestras costas habían volado por ahí y regresaban pasando sobre nuestras cabezas para indicar que nos habían visto. Como una hora más tarde, no tenía idea del tiempo, vimos una lancha pintada de color gris que se acercaba; qué bueno, pensé, porque ya tenía calambres en las piernas, frío, hambre y sed.

Los hombres con uniformes blancos me subieron primero a mí y luego a mi abuelo. Con ellos venía el “Dr. Galletas” bueno, así le decíamos los niños aunque realmente se apellidaba Gallardo, pero lo conocíamos porque en la Base Naval era el que nos vacunaba y en las jornadas de salud por el pueblo no nos escapábamos de su estetoscopio o de que nos mandara al dentista cuando, después de examinarnos la garganta, como de pasada descubría una caries. Pero no era el único conocido: ahí estaban los demás hombres de blanco que cuando se creció el río y se metió a nuestras casas, fueron con sus lanchas a sacarnos para llevarnos a lugares secos, albergues donde nos daban de comer y luego, cuando bajó la creciente, nos ayudaron a sacar el lodo y limpiar las ollas, los muebles y hasta ayudaron a reparar algunos.

Ese día decidí que quería ser marino, igual que ellos.

Después de ese naufragio, mi abuelo volvió a la pesca y un día que se sumergió en la bocana para estirar las redes a lo largo del estrecho que separa el mar del río, no volvió a salir más. Días después lo hallaron en una de las playas a donde recaló, medio carcomido por los animales.

Desperté de mis remembranzas. Amanecía y ya terminaba mi rondín por la playa. Me uní a mis compañeros para iniciar el regreso al cuartel; de pronto, alcanzamos a escuchar el ruido de lanchas de motor que se acercaban a la orilla; todavía entre penumbras vimos hombres que descendían de ellas. Al percatarse de nuestra presencia corrieron de nuevo hacia la embarcación y regresaron armados.

–– ¡Cúbranse! –– grité a mis colegas, mientras el fogonazo de un rayo iluminó sus caras y el fragor de los truenos sepultó mi voz.

Intempestivamente me encontraba tirado sobre la arena y veía que mis compañeros llegaban y pasaban junto a mí. Les pregunté:

–– ¿Oyen las turbonadas? ––pero nadie me contestó.

–– ¿No oyen los truenos y ven los relámpagos? ––Nuevamente pregunté, pero sólo pasaban de largo y hablaban entre ellos muy agitados, corrían hacia la orilla de la playa y regresaban.

Mi uniforme blanco resplandecía con los últimos rayos de la Luna. Miré el amanecer y ahí, a la orilla del mar, estaba mi abuelo que me hacía señas con la mano para invitarme a subir a su cayuco. Sólo entonces mis compañeros me vieron, fueron hasta donde estaba y cubrieron mi cuerpo tendido sobre la arena con una sábana blanca.

Corrí hacia el encuentro con mi abuelo y me fundí con él en un largo abrazo. Empujamos juntos la embarcación desde la orilla y cuando traspasamos el oleaje comenzamos a surcar con la mar en calma. Al ir navegando con mi abuelo hacia mar abierto, en el horizonte brillaba todavía el lucero de la mañana y, al igual que cuando era niño, supe que ya nada me iba a hacer daño.

Por 
Ricardo Rincón Huarota

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