Un día cualquiera - Relato marinero

UN DÍA CUALQUIERA

Por Administrador
Nov 3rd, 2017
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CONCURSO RELATOS MARINEROS 2017

Por Cecilia Morales

Este tío es imbécil, la verdad es que no sé porqué me he dejado liar. Bueno sí, porque no tengo nada mejor que hacer en un día festivo como hoy.

No tengo ni idea de navegar, con suerte nado lo suficiente para no ahogarme. Y encima este tipejo engreído que no para de hablar.

Que si es capitán de barco desde los 20 años, que si se desenvuelve mejor en alta mar que en tierra, que si su barco es el mejor del puerto, que si….

¡Por favor, que suplicio de hombre!

En todas estas horas, no se ha molestado ni una sola vez, en preguntarme si estoy bien. O en querer saber de mí.

En fin, aprovecho a tomar el sol, recostada sobre la hamaca que hay en la popa del barco. De vez en cuando se gira y me mira, esperando algo. Yo le sonrío y asiento cómo si me importase lo que me dice, y con eso tengo más que suficiente, y por lo visto, él también.

Ha dicho algo de que tenemos que ir volviendo, porque no sé qué de un aviso por radio, pero el cielo está despejado completamente, no parece que vaya a haber tormenta, y él no parece tener muy claro a qué se refieren en el mensaje, así que le he pedido que siga, que me apetece mucho estar en alta mar. Unos morritos, un guiño pícaro, y no ha puesto muchas más pegas.

Así que con el sopor del calor, y el dulce movimiento del mar, me dejo llevar por el sueño….

Me caigo de la hamaca, no sé que ha pasado, pero de repente está negro. Es como si se hubiera hecho de noche, pero juraría que no he dormido tanto.

El barco ya no se mece, se mueve con brusquedad, zarandeado por un mar sorprendentemente cruel.   El miedo se apodera de mí, al ver que nadie dirige la nave.

Llamo a voces a ese idiota, y no obtengo respuesta. Aunque estoy tan asustada, y el ruido del mar contra el casco es tan fuerte, que no le hubiese oído.

Intento bajar a los camarotes, pero sólo consigo llevarme un golpe en la cabeza, que me deja encajada en la escala de acceso, aturdida y asustada hasta que pierdo el conocimiento.

Vuelvo a mi ser.

Soporto como buenamente puedo, el dolor de mis extremidades, dormidas, encogidas en una posición fetal sobre los escalones. Aunque el dolor de cabeza, al intentar incorporarme es terrible, tanto, que me cuesta hasta abrir los ojos.

Acerco mi mano hacia mi cabeza, poco a poco, voy moviéndome. Me fijo que ya no hay tormenta, el barco está quieto, diría que demasiado.

En mi cabeza toco algo pringoso, y al mirarlo, puedo comprobar que es sangre.

Me incorporo como puedo, compruebo que, aparte del dolor de cabeza, no me he roto nada más.

Me acerco al lavamanos de la cocina, sorteando un montón de utensilios, muebles abiertos y no sé que más.

Por un momento, se me antoja la visión de un niño pequeño, con el barco entre sus manos, agitándolo cual sonajero.

Bueno, el golpe no ha afectado a mi imaginación, vamos bien.

Me lavo como puedo la herida de la cabeza, no parece profunda. Va desde mi ceja izquierda, al inicio de mi cabello, nada grave.

Se me ocurre pensar en el imbécil. Dios, que mala persona soy, no me acuerdo de su nombre…

— ¡Hola! ¡¿Hola?!— Nada, silencio.

Busco por toda la parte interior del barco. Y nada, no está dentro.

En la parte superior tampoco lo veo. Miro al mar, temo encontrarlo flotando en las aguas, ahora tranquilas.

Pero no, tampoco lo veo.

¿Y ahora qué? La pregunta es inevitable.

No veo costa en ningún lugar, no tengo ni idea de dónde estoy.

Pongo en marcha el motor, tal y cómo lo había visto hacer al imbécil, le cuesta un poco, pero arranca.

Lo apago de nuevo.

No es cuestión de quemar gasolina, o lo que sea que lleva esto, a lo tonto.

Curioseo entre las cosas que hay junto al volante, hay algo parecido a una cesta de red cerrada, en la que hay unos prismáticos, un plano muy raro en una funda de plástico y una funda con unas gafas de sol dentro. Si eso está aquí, es porque la red no es fácil de abrir.

Miro a mi alrededor con los prismáticos, veo cosas flotando a lo lejos, pero no tengo muy claro qué puede ser.

Decido que me acercaré un poco, quizás sea importante, quizás… sea el imbécil.

Cada vez me preocupa más, no sentir pena, o angustia, o algo, por ese pobre. Normalmente no soy tan insensible.

Me acerco con el barco a una de esas cosas que flotaban. Es una de las hamacas en las que estaba. Y un poco más allá un bidón que parece de gasolina. Por si acaso, lo cojo, y sí, al menos huele a carburante.

Vuelvo a mirar ese mapa, y no soy capaz de enterarme de nada.

— La radio— lo digo en voz alta, como si alguien pudiera oírme.

Bajo al interior, y veo la radio, la enciendo, o eso creo, porque se encienden un par de luces.

He visto suficientes películas, como para saber cómo utilizar el aparato ese del botón. Se aprieta el botón, se habla, se dice cambio, se suelta y se espera la respuesta.

— ¿Hola? Cambio — Me siento idiota — ¿Hay alguien ahí? — Nada, un ruido como de lluvia.

Muevo el dial, le doy a botones, como con la radio del coche. ¡Joder! No puede ser tan complicado.

Vuelvo a probar — ¿Hola? ¿Hay alguien?— Nada, silencio de nuevo.

Me rindo, voy a subir a intentar moverme de alguna manera. Tampoco me puedo quedar aquí. Aunque alguien nos debe estar buscando… ¿no?

Subo de nuevo y vuelvo a coger los prismáticos. Y algo me llama la atención.

¡Una gaviota! Sí, lo es, lo confirmo con los prismáticos. Normalmente no se alejan demasiado de las costas, o eso me habían contado de pequeña.

Por si acaso es cierto, enciendo los motores y me dirijo hacia dónde la veo.

Intento no ir demasiado deprisa, pero reconozco que me agobia un poco el no saber dónde estoy, ni a dónde me dirijo.

Al poco puedo ver la silueta de una ciudad a lo lejos. Tomo aire profundamente y agradezco a la gaviota no haberme fallado.

Un poco más, venga que ya llego…

Me voy acercando cada vez más, y ya empiezo a distinguir los edificios. Es un puerto conocido, sí, Barcelona.

Apenas a unos pocos kilómetros, el motor empieza a renquear, da la impresión que tose, y se para.

— ¡Mierda! ¡Ahora no!— digo en voz alta, con toda la frustración del mundo.

Veo el bidón de gasolina, y la esperanza vuelve a mí.

Me acerco a la trampilla que hay junto al volante, no sé en qué momento le he visto hacer esto, pero gracias, gracias y más gracias.

Me cuesta mucho sujetar el bidón bien, para rellenar el depósito, pero he decidido que no voy a perder una gota. Al menos que pueda llegar a puerto, que no me falle.

Como en una plegaría, me acerco al arranque, y pido en voz alta — Que sea la gasolina, por favor, por favor, que sea la gasolina…. —

El motor tose de nuevo, otra vez y nada. Respiro hondo y vuelvo a intentarlo.

El motor, vuelve a toser…. Y arranca.

— ¡Gracias bonito!— grito y palmeo el volante.

Me voy acercando un poco más, hay algo que me inquieta.

He conseguido entrar bordeando el rompeolas, y casi puedo ver el Maremagnum. Pero me acabo de dar cuenta de una cosa. No hay movimiento de personas, pero hay personas.

Tampoco me he cruzado con ningún barco, ni ha habido ninguna comunicación a través de la radio.

No sé si un puerto será como un aeropuerto, pero juraría que no debería poder acceder cualquier nave….

Instintivamente apago el motor, y cojo los prismáticos.

Al mirar hacia la gente, veo que están todos quietos. Como si de pronto se hubiera parado el tiempo.

Algunos están por el suelo, pero tampoco se mueven.

No sé porqué, pero busco la bocina, y la hago sonar.

Espero y miro con los prismáticos de nuevo.

Sin soltar los prismáticos, vuelvo a hacer sonar la bocina y, para mi sorpresa y terror, veo como la mayoría comienza a moverse y a mirar hacia donde estoy.

No sé que les pasa, pero parecen zombies, rígidos, sin alma…

Y sin más, comienzan a caminar hacia mí. Y van cayendo uno todos al mar. Sin control, sin sentido, sin vida. O al menos yo no diría que la tengan.

Son muchos, de todo tipo y edad. Barcelona, una ciudad cosmopolita, llena siempre de turistas. Y ahora parece una ciudad de muertos, que se abalanzan hacia el vacío, para hundirse en el mar.

No veo que nadie nade. No veo nada más que gente cayendo al agua, sin más.

Esto no puede ser bueno, no, de ninguna manera.

Arranco de nuevo y doy media vuelta como puedo, aunque para ello tengo que acercarme un poco más al puerto. Reconozco que el pánico empieza a hacer mella en mí, al ver que con el sonido del motor, mucha más gente se está acercando al borde de los escalones junto a las Golondrinas, y en la zona del Maremagnum, para tirarse al agua sin ningún propósito.

Quiero salir de aquí, quiero dejar de ver esto, quiero despertar, esto sólo puede ser una pesadilla.

Sigo con el barco bordeando la costa.

Puedo ver los edificios de la torre Mapfre, hay gente en las playas, a pesar de que ya está atardeciendo. Y la gente, a mi paso, se adentra en el agua para no salir.

Veo las chimeneas de Badalona, me alejo un poco de la costa, para intentar evitar que puedan oír el motor.

Y sigo sin dejar de ver la costa, un poco más, en dirección Girona.

Cuando ya empieza a ponerse el sol, me acerco a otra playa, que podría ser perfectamente Mataró. Me acerco un poco a la playa, y en cuanto veo que la gente empieza a acercarse de nuevo a la orilla, con ese mismo gesto de muerte en vida, me alejo de nuevo.

— Esto no puede estar pasando… — me repito una y otra vez.

Veo un barco, un poco más grande que el que llevo yo, entre la playa y yo. Y decido acercarme a él. Quizás haya alguien que, como yo, se ha encontrado en alta mar y se ha librado de lo que haya pasado.

A unos metros, ya hay tres personas en cubierta, y los tres se lanzan al agua y no vuelven a salir.

Toco la bocina. Si hay algún zombie más dentro del barco, saldrá con el sonido. Si hay alguien vivo, saldrá al entender que estoy.

Nada.

Nadie, ni vivo ni lo que sea eso.

El motor vuelve a toser, pero sigue en marcha.

Necesito cambiar de barco, no tengo ni idea de cómo arreglar este.

Así que decido arriesgarme y pasar al otro barco.

Cojo los prismáticos, y un cuchillo de la cocina. Y ruego que no haya nadie más en el barco.

A través de la pasarela de recreo, paso al otro barco.

Voy caminando por cubierta despacio, pero dando golpes con el cuchillo.

Nada, silencio.

Este barco tiene el volante cubierto como una habitación. No hay nadie dentro.

Bajo los escalones con cuidado, y no, no encuentro a nadie. Hay dos camarotes, un bolso, ropa, todo ordenado.

Abro el baño, nadie. Abro una trampilla y puedo ver unos cuantos bidones de carburante. Abro otra trampilla que queda paralela a la anterior y puedo ver el motor.

Un pequeño sonido en el exterior llama mi atención. Salgo todo lo rápido que puedo y no veo nada.

Ya casi no hay más luz, sólo una línea de luces que hay en cubierta. De nuevo ese sonido, hay algo que está golpeando el casco.

Corro hacia dónde está el volante, y cojo una linterna que hay en el suelo.

Me acerco donde oigo el ruido y enfoco en el agua.

Veo con horror que hay varios cuerpos, los que saltaron antes, ahora flotando contra el casco.

— ¡Dios!— no puedo evitar sollozar.

Entonces, esos cuerpos se mueven, y una mujer que está boca arriba, me mira sin ver, y abre la boca. Al moverse vuelve a hundirse en el agua sin dejar de mirarme.

No puedo más. Temblando todavía me acerco al volante, y arranco el motor, que por suerte arranca a la primera. Y sin mirar a ningún otro lado, me muevo con torpeza, pero para alejarme.

Cuando creo que ya estoy bastante alejada, aunque ya no veo nada, ni luces, ni silueta de orilla, ni nada.

Apago el motor, y con la linterna a mi lado, bajo a los camarotes. Cierro la entrada, me siento junto a la mesa y registro el bolso.

Veo una agenda, cojo la pluma que la acompaña, y en el día de hoy tacho el apunte que pone “Día de playa” y escribo:

“Día 1: Día en el que el fin del mundo me pilla en el mar.”

Y las lágrimas me ahogan, mientras me tumbo sobre la cama, deseando despertar de esta pesadilla.

Por Cecilia Morales


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