Comienza la aventura

COMIENZA LA AVENTURA

Por Administrador
Nov 7th, 2018
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CONCURSO RELATOS MARINEROS 2018

 Por Juan Felipe  Ruiz

Cruzar el Atlántico en velero es el sueño de la mayoría de los que estamos locos para navegar y la aventura comenzó un 17 de noviembre. Nos encontrábamos dos parejas (mi esposa Mari, mi amigo Pupi y su mujer Mar) de amigos en la cola de embarque del Aeropuerto de Barcelona para tomar el avión con destino a Las Palmas de Gran Canarias cuando por los altavoces pedían que pasara urgentemente por el mostrador de embarque. Sorprendidos, pensamos en lo peor y que de nuevo algún contratiempo iba a obligar a suspender la salida. En el mostrador me esperaba un guardia civil, al que me identifiqué:

-¡Venga conmigo!- me interpeló con voz grave de autoridad- ¡Usted solo!

Le seguí con docilidad obligada y me llevó a un cuarto cercano donde se encontraba el otro numero de pareja junto a una mesa sobre la que se encontraba la bolsa roja flexible que poco antes había embarcado con los apeos necesarios para hacer la travesía.

-¿Qué lleva usted aquí dentro?- me interrogó con energía

Sorprendido por la situación, intenté enumerar el contenido del equipaje.

-¡No! ¡Usted lleva algo raro, algo como una bomba!

Sonreí al comprender cuál era su objeto de preocupación.

-¡No hombre, no!- afirmé reaccionando, -lo que hay dentro es un chaleco salvavidas y  lo que  cree que es una bomba es la es la ampolla de aire del chaleco.

El agente sorprendido y desconcertado intentó abrir la bolsa y como estaba asegurada con una brida de nylon me pidió  si tenía alguna navaja para cortarla.

-¡Pero hombre de Dios, eso sería un delito por mi parte!- respondí, seguro de mi mismo y añadí -¿no está prohibido llevar objetos punzantes en los vuelos?

El agente, más incómodo aún por su metedura de pata, consiguió abrir la bolsa rascando con una llave y me ordenó sacar el artilugio. Lo hice y le mostré la ampolla metálica de aire comprimido de unos diez centímetros que hace que el chaleco se infle al activarse. Entonces realizó una llamada a un superior mientras continuaba vigilado por el segundo agente situado a mi espalda por si yo era un peligroso terrorista.

Al fin determinó que podía marcharme y después de recolocar todo de nuevo en la bolsa no pude evitar hacer un comentario jocoso de que mis acompañantes llevaban artilugios semejantes y ninguno había sido retenido, lo que planteaba dudas sobre el sistema de seguridad. Sin esperar respuesta por si acaso, salí del cuartucho y me reuní con mis compañeros que me esperaban inquietos. Embarcamos mientras les contaba la odisea y entre risas elevamos vuelo hacia Gran Canaria.

***

En realidad todo había comenzado casi dos años antes cuando sentado en el rompeolas del paseo de Las Palmas contemplaba, con envidia, cómo se alejaban poco a poco cerca de trescientos veleros después de que un patrullero de la Armada había lanzado un cañonazo de salva dado la salida a la A.R.C. Mientras, los remolcadores con sus mangueras anti-incendios lanzaban chorros de agua al aire participando en el ambiente festivo. Me embriagaba la envidia y el deseo de no ser uno de los participantes en esa salida y me emocionaba de ver cómo los ciudadanos de Las Palmas concentrados en la ribera de los muelles despedían a los aventureros navegantes con alegría y festejos.

Para Mari y para mí era ya una costumbre estar en Las Palmas durante los días de la salida de la ARC pero aquel año también nos acompañaron nuestros, vecinos del pantalán en el puerto de Mataró donde nosotros teníamos al Jafam III y ellos el Pupimar II. Juntos contemplamos  como se alejaban los barcos hacia la mar océana y  nos dirigimos a la Cofradía de Pescadores del Romeral a disfrutar del pescado fresco acompañado del mejor de los gofios que he degustado en Canarias tenido oportunidad de degustar en las Islas Afortunadas. Es un lugar modesto pero bien atendido y mientras comes tienes la oportunidad de ver por última vez a los veleros que han salido en la regata de crucero atlántica y se desplazan por la costa gran canaria buscando el mar abierto. Durante la comida les comenté  mi decisión de buscar la forma de embarcarme para el Caribe.

Era necesario buscar la mejor opción para hacerlo condicionada a muchos factores e impedimentos, que suelen relacionarse  con las obligaciones laborales y las limitaciones familiares. Mis inquietudes las comentaba con Mari, Pupi y Mar, les  hacía partícipe de mis ilusiones  aunque siempre planteaban dudas. Sin embargo estaba tan convencido que no dudaba en manifestarles que ¡yo voy! Les fui convenciendo y el primero en enrolarse fue Pupi, de carácter afable y que enfocaba la vida con alegría después de un trance amargo en la salud,  y a continuación Mari; quien más dudas planteaba fue  Mar, teóricamente la más marinera y que se estaba sacándose el título de  Capitán de Yate.

A través de mis indagaciones por internet al final localicé al velero Tam-Tam y con Antonio Doria. Como ya estaba avanzada la estación para zarpar hacia el Caribe quedamos en  coincidir en Las Palmas antes de que él zarpara para la travesía de este año.

Regata ARC

Un año más nos desplazamos a Las Palmas para presenciar al tercer domingo después del primer lunes del mes de noviembre (fecha en la que oficialmente termina la temporada de huracanes)  la salida a la Regata Atlántica de Cruceros (ARC). Además de hacer turismo también disfrutamos con la observación de los preparativos de los navegantes que esperaban la salida de la regata amarrados en los muelles mientras avituallaban sus barcos o hacían los últimos retoques o reparaciones  así como la instalación de algún elemento que en aquella edición se había incorporado como medida de seguridad. También observamos la inquietud contenida junto con las manifestaciones de alegre nerviosismo de los que se van a iniciar en una travesía oceánica.

Mientras recorríamos los muelles intentábamos asimilar todo lo posible aquello que creíamos que nos podía ser interesante como si ya estuviésemos dando los últimos toques a nuestro barco para salir a la mar.

Me había estudiado a fondo las características del velero Tam-Tam, así que mientras nos dirigíamos por el paseo marítimo les dije a los demás

- Mirad ¡ese que entra es el Tam-Tam!

-¿Cómo lo sabes?- contestaron casi a trío.

-¡Porque lo conozco! Aquel es el Tam-Tam- afirmé mientras señalaba con el dedo

Habíamos acordado encontrarnos con Antonio Doria en las Palmas. Al día siguiente le llamé después de desayunar y quedamos que nos recogería  sobre las doce en el último pantalán del puerto, Y allí estábamos con puntualidad inglesa mientras veíamos como se acercaba el dinghy que nos iba a llevar a nuestro sueño. Saludamos a Antonio del que sólo conocíamos su voz telefónicamente y nos presentamos. Superadas las formalidades subimos a la neumática y nos dirigimos a conocer el Tam-Tam; a bordo había quedado Ana, la esposa de Antonio que hacía de cocinera en las travesías.

El Tam-Tam era un prototipo construido en acero y diseñado especialmente para realizar largas travesías, todos los herrajes estaban  soldados al casco y se le veía de una gran robustez En el interior todo muy funcional, nada de lujos ni adornos, todo muy práctico y pensado en la navegación y no en el diseño. Antonio nos enseño todas las características del barco y hablamos de cómo hacer la travesía al Caribe, nos explico que para ellos (Antonio y Ana) era una forma de vida, vivían en el barco y del barco; para él sería la décima tercera travesía atlántica y la navegación se hacía por el modo tradicional. En la conversación Mar siempre ponía alguna pega y chocaba con mi optimismo lo que imposibilitó concretar el viaje en aquel momento.

Vueltos a tierra fuimos a comer a  “El Herreño” y  durante la comida, Mar hizo un comentario que me resultó incongruente en relación a que era un barco poco preparado ya que carecía de radar. Su observación me indignó al ser el enésimo problema que planteaba y mi reacción no fue precisamente muy diplomática: estaba decidido a ir y me había convencido que navegar  sin aparatos electrónicos era la mejor manera de tomar experiencia para adquirir una buena formación marinera por lo que no estaba dispuesto a transigir con supuestos problemas: Se inició una discusión que con mi habitual vehemencia y falta de tacto casi nos da al traste con el proyecto conjunto de hacer la travesía. Con el tiempo y los acontecimientos posteriores he comprendido que la actitud de Mar se debía a su inseguridad en la navegación.

De vuelta a Barcelona y transcurridas la fiestas navideñas se restauró el clima habitual de camaradería entre las dos parejas y decidimos no ocupar plaza como simples pasajeros junto a otros desconocidos. Negociamos la contratación del barco para nosotros solos si aplicaba una rebaja en las tarifas. La respuesta fue afirmativa y una vez cerrado el precio le trasferimos la mitad del coste del chárter a la vez que constituimos una bolsa común.

En  mayo el Tam-Tam regresó del Caribe y antes de iniciar la campaña de verano por las Baleares había ido a dique seco para su mantenimiento. Decidimos viajar hasta Oropesa y nos reencontramos con Antonio y Ana, haciéndoles participes de la ilusión e impaciencia con la que estábamos viviendo el tiempo hasta que llegase el momento de partir desde Las Palmas. También comprobamos in situ los trabajos que Antonio realizaba con  perfecta profesionalidad. Regresamos satisfechos a Barcelona y el ánimo de los cuatro era ilusionado habiendo quedado atrás las dudas y desavenencias iniciales.

***

Por fin llegó el momento tan esperado y aterrizados en Las Palmas, nos dirigimos a la “Casa del Marino” en la  que habíamos reservado en días previos al embarque, a un módico precio. Al llegar y hacer el registro de entrada, el conserje del edificio nos dice que han traído un paquete para nosotros, una caja de madera de un metro de largo por unos cuarenta centímetros de ancho. Ya en la habitación en la octava planta, desde la que se divisaba una maravillosa vista del puerto de Las Palmas vimos que era un regalo de un amigo,  un jamón cinco jotas de unos nueve kilos y varios botes de pochas y de espárragos. La nota acompañante sólo decía “Estamos en La Marinera”, restaurante situado al final de la playa de las Canteras junto al mar en el que se degusta todo tipo de pescados frescos, además de chuletones y solomillos a la brasa. Al llegar nuestra sorpresa fue grande y muy grata ya que nos aguardaban cuatro amigos con sus parejas. Con el pretexto de despedirnos, lo que les agradecimos muy sinceramente, iban a pasar también unos días en Canarias.

Al día siguiente organizamos  una excursión por la ruta de la Cumbre de las Nieves: tortuosas carreteras conducen desde el nivel del mar hasta los 1900 metros después de pasar por los llanos de Juan López y permiten contemplar el mar de nubes,  uno espectáculos naturales más impresionantes. Uno de los componentes de la excursión sufrió un fuerte ataque de sinusitis y nuestro rápido traslado a un centro médico, mientras gemía de dolor, fue una imprudencia en la que incurrimos con nuestra mejor voluntad.

No podía faltar una visita a “La Casa del Fumador”, en aquella época casi todos lo que nos habíamos reunido éramos fumadores de puros. El hecho fumarte un puro es algo que solo lo pueden entender aquellos que lo han practicado, es un ritual, una ceremonia colectiva, una degustación sensorial y unos momentos en los que ejercicio de paladear la voluta de humo aromático te traslada al imperio de los sentidos. También fuimos al Novillo Precoz, un restaurante uruguayo junto al paseo de Las Canteras, especializado en carnes. Comimos y bebimos copiosamente en el mejor de los ambientes de fraternidad lo que dio lugar a que se alargase la cena un poco más de lo habitual y la noche concluyó en “La Floridita”, un bar de copas de ambiente tropical en el barrio de la Triana, dónde no fue fácil acceder debido el éxito de la sala. Fue agradable la conversación y los mojitos y caipiriñas  ayudaron a hacer la digestión.

Al día siguiente, domingo, era la salida de la ARC de ese año, con un record de participación de cerca de trescientos participantes aunque los barcos españoles solo eran cinco. Habíamos alquilado una embarcación para poder ver la salida desde el mar y el  patrón gobernó hábilmente la motora entre la multitud de barcos que se encontraban en la zona de salida, tanto participantes como aficionados que querían despedir la regata desde cerca;  había más oleaje producido por el tránsito de embarcaciones que por el propio mar.

A las 13 horas estaba prevista la salida de la clase regata, verdaderos puras sangre de la clase veleros, prototipos de diseño y prueba de nuevos materiales; en esta edición participaron  unos quince y el primero en llegar tardaría 11 días en cruzar el Atlántico, un verdadero record. Realmente impresiona al contemplar esos diseños  en esloras de más de veinte metros y los imaginas surfeando sobre las olas.

Quince minutos después se dio la salida a la clase crucero, la más espectacular, con más de doscientos barcos con sus velas desplegadas y sus tripulaciones iniciando la aventura de convertirse en navegantes oceánicos. En esos momentos te embarga la emoción a pesar de que hubo algunos fallos con respecto a otros años: a la patrullera de la Armada,  que iba echando un humo negro espantoso como si un barco de carbón del siglo pasado se tratase, le falló el cañón… y hubo que sustituir el disparo  con un cohete de artificio desde un barco de la organización.

Antes de regresar al muelle deportivo nos desviamos hacia la zona de fondeo, dónde localizamos al Tam-Tam; dimos dos vueltas a su alrededor mientras nuestros acompañantes observaban y comentaban las características del barco con el que íbamos a iniciar la aventura. Los comentarios eran generalizados y propios de gente que desconoce los asuntos de la mar,

-Y… ¿con eso vais a atravesar el Atlántico?

Para a continuación afirmar casi con una voz unánime

-¡Yo no iría!-

Desconocían que era un barco ideal para el Atlantico y, en todo caso, mi ilusión superaba con mucho cualquier inconveniente. El tambucho estaba abierto y puesto que nuestros gritos no tuvieron respuesta, desistimos de subir al no haber sido autorizados a hacerlo. En tierra nos despedimos de nuestros amigos a los que  agradecimos su acompañamiento en estos emocionantes días previos a la salida.

Había llegado la hora de embarcarnos en el Tam-Tam. Todos estábamos nerviosos, inquietos por lo que nos aguardaba en nuestro viaje hacia poniente. La aventura tantas veces soñada y deseada estaba a punto de empezar.

Dos semanas, tuvimos que esperar aún para iniciar salir a la Mar Océana, una depresión se aproximaba al archipiélago y hasta que no se restablecieron los alisios no nos dio la oportunidad de zarpar… pero eso ya es otra historia!

 Por Juan Felipe  Ruiz

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