Juan Flores Rubio

JUAN FLORES RUBIO

Por Administrador
Nov 7th, 2018
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CONCURSO RELATOS MARINEROS 2018

 Por  Juan Reyes Flores

¿Cómo olvidar las mejores experiencias de la vida? ¿Cómo no recordar a personas que compartieron en nuestra sangre la sal y el yodo eterno de la mar? Personas que sintieron junto a nosotros tanto viento en los rostros, en las almas…

Cierro los ojos y lo veo. De pie impasible, mirando a proa, elevándose al ritmo del olaje.

El eterno cigarrillo negro en los labios, la boina calada y agarrado a las cuerdas del timón dirigiendo nuestro barquito con el sol poniéndose a estribor. Mi abuelo Juan .

Recordándolo, la primera pregunta que me hago es como ese hombre, alicantino de origen, patrón de pesca de bajura de profesión, sacó fuerzas de su menudo cuerpo para sobrevivir pescando a los peores tiempos vividos por España en las convulsas primeras décadas del siglo XX.

Casado con Remedios, mi abuela, crió con su trabajo a siete hijos, soportando bombardeos y huidas de puerto en puerto durante nuestra vergonzosa guerra civil. De Alicante a Almería, de Almería a Adra, de Ádra a Motril. Siendo en Motril donde por fín se instaló definitivamente en una casita cedida por la Cofradía de Pescadores. Allí en el puerto de Motril, nací yo y allí empezó la vida de mis padres apegados también a la mar, recibiendo de ella como la madre generosa que es, sustento y abrigo.

Vamos al tema. Mi padre, exportador de pescado en Cádiz por aquellos días a finales de los 70, tuvo la oportunidad de comprar una pequeña “Traíña” (un arrastrero) llamado “El Carrete” al que a pesar de su tamaño (7 metros) no le faltaba detalle, pues contaba con todas las características de las más grandes, tradicionalmente usadas en Barbate y la costa de Málaga; Es decir las típicas puertas para llevar las artes de pesca abiertas al fondo, y lo que daba nombre a la nave, el típico carrete a motor para izarlas por medio de una polea instalada en un puente instalado en la mitad de proa justo encima de la sentina de estiba de las capturas. Por los azares económicos y de costes de atraque mi padre decidió trasladarla al puerto de Motril, donde en aquellos tiempos solíamos pasar las vacaciones de navidad, semana santa y verano y ponerla bajo los cuidados de mi tío Juan, práctico del puerto y piloto del remolcador con base allí.

TraiñaMalaga

Traíña varada en la playa de málaga
 

Recuerdo que era un día claro pero muy frió antes de Nochebuena, en que una leve brisa traía de tierra la helada temperatura de las cumbres de Sierra Nevada. La mar estaba lisa como un espejo y desde la ventana de nuestra casa en Torrenueva, mi padre viendo que los tres hermanos estábamos revueltos y aburridos por estar encerrados y mi madre a punto de un ataque, nos reunió y nos dirigimos al Puerto de Motril a buscar a los dos Juanes, mi tío y mi abuelo.

Como era media tarde nos dirigimos directamente a la taberna del muelle, y allí estaban los dos mirando a otros “Lobos de mar” jubilados como mi abuelo jugando al muy marinero “Rentoy” con las gastadas cartas del bar, usando expresiones tales como “llevo hambre”, “se me ha ido el pescado por debajo del plomo”, “mete espina para sacar corvina”, “llevo dos días sin escucharlo”, “me ha dado coba”, “se ha pegado un rentoy”, “tres por cada baza y el partido boca a boca” y “mira que soy perro viejo y tú estás muy tranquilo”… Imagínense nuestras caras infantiles escuchando esas arcanas palabras, asomados a ese denso ambiente reinante de risas, gritos y humos de tabaco. Era magia. Tras un intercambio de pareceres y apurar las copas, mi padre comprobó que el barco estaba con gasoil y que podíamos salir , en principio a dar una vuelta hasta el Faro Sacratif, situado a unas seis millas de puerto. Dos botellas de vino, unos refrescos y tabaco fueron las vituallas elegidas.

Subimos al “Carrete” por una escalera del muelle, que apareció varias veces en “Verano Azul” rodada en la vecina Almuñecar y que usó exteriores del Puerto , nunca lo olvidaré. Salimos y enfilamos hacia el Cabo Sacratif a través de una mar que no estaba tan lisa como veíamos desde casa. La nave era bastante marinera y su proa araba el Mediterráneo con la finura justa que podía concederle el ritmo de su modesto motor “Perkins” diesel.

VeranoAzulMotril

Imagén del rodaje de “Verano azul” Serie de TVE en el puerto de Motril.
 

En una media hora y patroneado por mi padre que tenía “hambre” de mar , llegamos enfrente del faro, serían las seis de la tarde. Los niños nos deleitábamos con las increíbles vistas y mientras mi abuelo, mi tio y mi padre, intercambiaban comentarios sobre el navegar del “Carrete” y su estado. En eso, mi padre con su habitual espíritu aventurero y provocador empezó a decir que ya que estábamos podíamos echar las redes y ver si pescábamos algo. Mi tío no estaba muy por la labor: ¿Sacar los aparejos, enganchar los portones, calar y llegados a puerto recoger? Eso se salía bastante de lo que ellos llamaban “un paseillo”.

Mi padre comenzó a “rajar” y a poner en duda la marinería de la “tripulación” con lo que consiguió que se picaran y en un plis plas comprobaran y montaran todo el tinglado. Cuando mi padre iba a coger los cabos del timón para empezar a navegar y largar red, mi abuelo Juan dio un paso adelante y le quito los cabos; – Deja al que sabe, Antoñico – Dijo.

Mi padre se los entregó con un respeto que pocas veces había visto. Su relación con mi abuelo era muy cordial, pero siempre con un trasfondo de ironía y bromas sobre las historias que contaba tras su larga experiencia marítima y vital. – ¡No me cuentes más “batallas” abuelo, que me duele la cabeza!”- Le decía mi padre con sorna y dejándolo cortado más de una vez.

El viejo patrón se caló la boina y se abrochó el chaquetón, encendiendo un cigarrillo negro de aquellos que fumaba. Puso en marcha el barco y enfrentando la proa hacia una piedra de referencia que solo él veía, empezó a navegar mientras mi tio y mi padre iban soltando las puertas y la red. La mar se iba creciendo por momentos, pero mi abuelo de pie y con mano firme, iba marineando las olas y arrastrando los aparejos por el fondo en dirección al puerto de Motril.

El sol se iba ocultando y yo, atónito, contemplaba a ese hombre con sus piernas que se me antojaban pegadas a cubierta, aguantando los salpicones de espuma y los saltos del barco con el ocaso como fabuloso telón de fondo. Nunca se le apagó un cigarrillo, y cuando encendía otro con su mechero de yesca, no soltaba las cuerdas del timón, a pesar de lo cual el barco nunca desvió ni un milímetro su derrota ni sentimos inseguridad alguna.

Recuerdo que lloré ante esa visión. La pequeña figura de mi abuelo tomó en aquel momento una dimensión gigantesca, legendaria. Su vida de trabajo, su infinita experiencia en la vida y en la mar se abrió en mi joven mente como un libro , como una obra maestra, que pese a tener delante de mis ojos y a mano en la biblioteca, siempre se deja para otro día. El silencio de todos los que compartíamos aquella singladura, niños y mayores confirmaba lo mágico de aquel momento.

Pero nos quedaban más sorpresas ese día.

Llegados a la bocana del puerto, recogimos las redes. Tras levantar las puertas que abrían el aparejo, colocamos las cuerdas en la polea y con ayuda del carrete a motor izamos el copo a bordo.

La red estaba llena. Una gran masa viscosa y con tentáculos que salían por los boquetes de la red, mientras se escuchaba como un rumor a chapoteo sordo y acuoso. ¡Eran pulpos!

Habíamos capturado cerca de mil kilos del preciado cefalópodo, como si nada, dando un paseito por la mar. Cuando amarramos a la escalera del muelle y buscábamos cajas para volcarlos, la gente se arremolinaba en el cantil mirando con codicia mal disimulada el producto de nuestro improvisado lance. Una vez descargados con la “desinteresada” ayuda de los mirones, los pulpos se vendieron en lonja, pues mi primo Mario tenía una vendeduría. Dada la fecha, se sacó un buen dinero de su subasta, que mi padre repartió con mi tío y abuelo dejando apartado un fondo para el mantenimiento del barco. Esas navidades además, también comimos de todo “con pulpo”…

Epílogo

Ya se fueron mi abuelo y mi padre para siempre. Sueño ¿Por qué no? Con que sigan peleándose de broma, mientras juegan al “Rentoy” con sus amigos y pescan en algún mar eterno donde nunca se oscurece el horizonte. Yo mientras siga aquí, cerraré los ojos y recordare aquella maravillosa tarde, sentiré los sonidos y aromas de aquel momento. Intentare vivir y disfrutar como ellos harían sin duda, dejando por lo menos, la mitad de buenos recuerdos que ellos nos legaron generosamente .

Gracias abuelo. Gracias padre. Gracias Mar. Fin

 Por  Juan Reyes Flores


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