La merluza del pincho

LA MERLUZA DEL PINCHO

Por Administrador
Nov 7th, 2018
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CONCURSO RELATOS MARINEROS 2018

 Por  Vicente Guianzo González

Habíamos acordado la cita para las 24:00h; nos veríamos sin más preámbulos directamente en el barco.

Hacía años que nuestra compartida afición nos había abocado a tratar de realizar una jornada de pesca en un barco profesional. Determinadas circunstancias personales generaron la amistad entre mi amigo y un patrón de Santa Eugenia de Ribeira, que se dedicaba a la pesca de la merluza, en la modalidad del pincho, en el caladero conocido por el Canto. La relación que mantenían era la habitual entre un paciente agradecido y un médico sabedor de su influencia con  el enfermo.

Llegada la hora fuimos presentados, con cierto ceremonial, a los nueve tripulantes que formaban la dotación. La condición de médico de mi amigo resultó epatante  para aquellos hombres curtidos en mil batallas, que se traducía en un halo de sumisión hacía él y, como consecuencia, también hacia mí.

El señor José, el patrón, nos instaló en el puente. Era la 1:30h  de la madrugada. Algunos barcos ya habían zarpado. Quedaban algo más 35 millas para llegar al caladero y no todos los buques tenían la misma potencia que el nuestro.

Las normas consuetudinarias eran estrictas. No llegar a la hora al punto de reunión te dejaba inexorablemente fuera de la jornada de pesca de ese día. Tenemos que pensar, nos aclaró el patrón, que al largar el aparejo por popa se corre el riesgo de pasarlo por encima del de tu vecino, hecho que obligaba a que los barcos se pongan en paralelo y, con una separación acordada previamente, vayan largando el palangre.

Tan pronto salimos del abrigo de la isla de Sálvora advertí el mal estado que presentaba la mar. Eran unas olas de tamaño considerable las que nos estaban zarandeando. Ver las oscilaciones de los otros barcos que iban en demanda  del famoso caladero impresionaba; por lógica, nosotros estábamos haciendo lo mismo. Miré a mi amigo, y su aspecto me previno del mareo que sufría. No tardó en vomitar. Tal vez por efecto simpatía, lo hice yo a continuación.

Estaba acostumbrado al mar y a pasar por momentos como el que estábamos viviendo. Yo era propietario de un pequeño, pero hermoso, velero y me sentía sorprendido por la situación. Llegué a la conclusión de que la causa de mi vomitona era la suma del fuete y desagradable olor a gasoil que despedía el motor del palangrero, mezclado con el  olor a pescado que rezumaba de forma constante el barco. Probablemente esto justificaba mi estado.

Pronto llegaron las primeras órdenes del patrón. Con el seseo  característico del gallego hablado en las Rías Baixas, y con frases plagadas de terminología marinera se preparó la primera boya guía del palangre. A partir de ese momento y a una velocidad de seis nudos, se fue largando todo el aparejo, labor que duró unas tres horas. Terminada la maniobra, sólo quedaba aguardar a que las merluzas entraran al engaño que les habíamos puesto, pausa que aprovechamos para tomar la primera comida del día.

Quedó el barco al garete sufriendo un constante movimiento de cuchareo. En mi buena disposición náutica y conocimientos –en mi velero siempre fui yo el que mandaba– tuve el atrevimiento de insinuarle al patrón que podía lanzar un ancla flotante por popa para, de esa forma, evitar aquel desagradable movimiento circular. Su sonrisa me indicó que no había pensado hacer tal cosa. Transcurrido un corto espacio de tiempo –cuando creía que ya lo había olvidado­– me indicó que mi consejo era bueno, pero ellos estaban acostumbrados a vivir esas situaciones diariamente y que no les afectaba. La aclaración suscitó la deriva de la conversación hacia temas náuticos. Entonces pude comprobar los escasos conocimientos académicos que tenía, los cuales no le impedían ser un buen patrón de pesca. Basaba todo su buen hacer en la experiencia acumulada durante años y los consejos que sus antecesores le habían transmitido. Un auténtico actor empírico.

Regresamos al punto donde habíamos largado la boya de inicio de nuestra cacea. La tarea consistía en izar todo el palangre, ayudados por el virador hidráulico.

La tripulación se dispuso a cumplir con su cometido. Todos sabían cual era su rol en aquella escenificación que diariamente ejecutaban desde hacía años.

El palangre comenzó a subir con una rapidez  de récord. Las primeras merluzas fueron acondicionadas en cajas de plástico; presentaban un aspecto que yo nunca había visto, tenían la vejiga natatoria totalmente fuera. El cambio de presión les causaba ese efecto, pensemos que eran izadas en segundos desde una profundidad media de doscientos cincuenta metros hasta la superficie.

Llamativo resultaba observar a los dos marineros encargados de volver a colocar el palangre en sus recipientes de forma que estuvieran listos para ser utilizados al día siguiente. Tenían una destreza digna de auténticos artistas.

La jornada llegaba a su epílogo. Era el final de un día de trabajo duro en un ambiente hostil, inseguro y con un jornal variable e incierto. Con el atraque en el puerto terminaba nuestra aventura. A ellos todavía les quedaba la descarga y la subasta, que sería el indicativo del dinero que habían ganado ese día.

El reparto que, tradicionalmente, se hace de un lote del pescado capturado entre los tripulantes, nos pilló por sorpresa. Nos habían incluido en el sorteo; podíamos llegar a casa presumiendo de nuestro lote de  “merluzas  del pincho”.

Ya sólo nos quedaba agradecer a nuestro anfitrión la jornada de pesca que nos había ofrecido. Nosotros, previo permiso del patrón, invitamos a toda la tripulación a tomar unos “cubatas” en los bares de la zona portuaria.

La conversación giró sobre el mal estado de la mar, de lo inhóspito que resulta el medio en el que tienen que realizar su trabajo y la poca fortuna que, como aficionados, tuvimos al presentarse un día con olas de 6 metros. Ahora comprendo por qué vomitamos quince veces durante la jornada.

 Por  Vicente Guianzo González

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